Hace un tiempo atrás, una adolescente llena de preguntas sin responder en su cabeza y un montón de conocimientos para ofrecer, llegó a un consultorio psiquiátrico. La habían derivado allí, porque a todos los médicos le parecía una chica muy extraña: se expresaba raramente, sabía cosas intentendibles para gente de su edad, y tenía una enorme inseguridad encima.
Abrió la puerta del consultorio, que se ubicaba dentro de un hospital que parecía llevar años sin ningún cuidado desde el punto arquitectónico; o al menos, eso fue lo que pensó ella. Los azulejos, que un día podrían haber sido, verde agua, ahora eran apenas verdes, dado que la luz que irradiaba aquel lugar, aún de una forma fría y húmeda, los había decolorado. Los muebles eran viejos y hacían ruido al abrirse, las computadoras (que parecían de los años '90 o principios de los '00) eran el único lujo que allí había. "Me gusta", pensó la chica. "Tan derruido como piensan que yo estoy".
La psicóloga la esperaba de otro lado: nada fuera de lo normal. Era una mujer de esas que parecen extremadamente hippies, pero que al final se terminan viendo en la ópera, o en festivales de jazz, o en cualquier evento cultural, que deja afuera a esta tribu urbana sesentera.
-Entrá- le dijo, viendo como la adolescente dudaba si avanzar o no. -Sentate- le indicó, y la chica hizo caso. Sin decir palabra alguna, la doctora abrió la historia de su paciente y leyó el por qué esta chica estaba ahí aquel día.
-Bueno, según estos médicos hablás con términos extraños, te cuesta socializar, entendes sobre asuntos "variados", y sobre todas las cosas, sos muy insegura. Ahora contame, ¿cómo te considerás en el mundo, frente a las personas que te rodean, o simplemente contigo misma?
-Rara- dijo ella, moviendo los hombros, como si le restara importancia. Quizás si actuaba como un adolescente normal, la dejaría ir sin recetarle o encontrarle nada extraño.
-No, no, no. Ya sé que te sentís rara, pero... Describime como en verdad te ves.
-Está bien- tomó una bocanada de aire: ahora sí que sería vista como una rara. -Mis compañeros van a bailar, les gusta la música que se escucha ahora: cumbia, plena; todas esas cosas. A mí me acusan que escucho a Beethoven, soy el hazmerreír por esa razón. ¿La verdad? No, no escucho a Beethoven, pero tampoco me molestaría. Escucho música
indie, música que me ayuda a crear una identidad. Luego sigo siendo rara, porque claro, mi sueño es irme a vivir a Bielorrusia, Kaliningrado, Belgrado; mientras que para todo el mundo, el paraíso es Miami, Disney. Y, por favor, no pienses que soy pro-soviética, porque no, ni siquiera había nacido cuando culminó la Guerra Fría. ¿Continúo? Me gustan las películas artísticas y los libros de misterios, que se desarrollan a los largo de este mundo y de los tiempos. Adoro las corrientes arquitectónicas, pero odio lo barroco.
La doctora la miró, como si estuviera pensando en algo que le traía mucha nostalgia, y finalmente sonrió.
-¿Sabés? Yo era exactamente igual que tú: mi sueño era ir al Louvre, a Versalles: me pasaba horas leyendo libros de historia. Después estaba mi forma de vestir: usaba camperones de jean, el pelo despeinado, me quería hacer la intelectual fumadora (aunque repudiara los cigarrillos), y a la vez, decía que quería ser como Audrey Hepburn. Todos se reían de mí y me la hacían pasar muy, muy mal. Mi solución fue hacerme psicóloga, y así averiguar por qué se comportaban así. Terminé amando mi trabajo y siendo una mujer muy feliz.
La chica sonrió, su alma se llenó de alegría, y escuchó atenta la siguiente pregunta de la doctora:
-¿Cuál es tu frase motivacional?
-
Cada mente es un circo.
-¿Tú la inventaste?
-Ajá; así es.
-¿Qué te tatuarías?
-Un pino o un barquito en mi muñeca izquierda, un proverbio polaco que leí hace un tiempo en mi ante-brazo, y esa frase que te dije recién en algún lugar de mi cuerpo, que todavía no sé.
Se hizo un silencio que poco tenía de silencio incómodo, la paciente y la doctora intercambiaron miradas, y finalmente, la psicóloga habló.
-Bueno, nos vemos la próxima vez: en tres semanas. Antes de irte, me gustaría decirte que debés seguir forjando esa personalidad tan única que tenés, tan rica. Y cuando vuelvas, vamos a seguir hablando, en especial de por qué no te gusta el arte barroco.
A continuación, la doctora la acompañó a la puerta del consultorio, y antes de llamar a otro paciente, le guiñó un ojo, en esas cómplices guiñadas que todo lo entienden.
¿Era de verdad tan rara aquella adolescente?