Hace unos años atrás, me contaste acerca de mi futuro, tal vidente. Me enseñaste que mis talentos serían limitados, que tu destino sería mucho mejor que el mío. Yo te creía, porque todos lo hacían, y de alguna forma, debías tener razón. No en vano, todos te adoraban y te colocaban en lo más alto de un inexistente podio.
En aquellos tiempos, yo era inestable estando detrás tuyo, preguntándome por qué la vida me hacía tan miserable y no me colocaba un paso por delante de tí. Nunca obtuve respuestas a esos asuntos, o al menos cuando las busqué o me interesaron. Obviamente, cuando tu estabas en lo más alto, yo caía en las profundidades de la depresión, como una caída libre, la cual está cada vez más afectada por la gravedad, pero nunca termina de sucedes; es decir, nunca "toqué fondo".
Con el tiempo fui creciendo y mi cabeza fue madurando, igualmente me tomó muchos muchos años sentir tu influencia y tus ondas lejos de mí. ¿Seguiría siendo una "anti"? ¿Seguiría siendo odiada por los demás? Quizás aún sigo buscando, en algún recobeco de mi mente, una respuesta a esas preguntas. No es que espere encontrarlas, ni que les preste atención ahora.
Lo que nunca sentí, cuando tú me decías eso, fue que yo dejaría atrás esa etapa de mi vida. Que estaría en este mismo momento, navegando los mares con personas que realmente se preocupan por mí; con gente que no duerme, velando por mi bienestar (y no, no hablo de guardaespaldas), que encontraría placer haciendo algo que me dijiste yo le temería: viajar.
Por más loco que suene, salí adelante por mi misma, y todo lo que recibo hoy en día, es gracias a mi propio mérito, a como no me dejé llevar por todo aquello que predecías sobre mí. Hoy no quiero mirar atrás; tampoco hacia adelante: quiero vivir un presente que yo misma diseñé y disfruto. Quiero vivir una y otra vez, las mañanas en las que aún no ha amanecido, y yo ya estoy con una taza de leche en mis manos. Las noches en las que me permito hacer uno que otro esquive de lo normal. Y también quiero disfrutar el verme sonreír.
Porque en un momento tú me habías prohibido la sonrisa.
Mostrando entradas con la etiqueta emociones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta emociones. Mostrar todas las entradas
viernes, 9 de octubre de 2015
miércoles, 26 de agosto de 2015
La guerra
Hace poco tiempo atrás, leí un libro llamado "El violonchelista de Sarajevo", de Steven Galloway (muy recomendable, a propósito); el cual tenía como paratexto, la siguiente frase, enunciada por León Trotsky: "Es probable que no te interese la guerra, pero a la guerra sí le interesas tú". Justamente, esta historia trata sobre el sitio y la guerra sufrida por la ciudad de Sarajevo (y aclaro por enésima vez que la "j" se pronuncia como una "i), actual capital de Bosnia y Herzegovina, allá por los años '90, cuando se disolvía Yugoslavia.
Pero hoy no voy a hablar del libro, sino del significado que yo misma le doy a esta frase de Trotsky. Primero, afortunadamente no he vivido ninguna guerra y espero nunca hacerlo; por lo que entiendo "guerra" como problemas, "como un todo complejo" dijera mi profesora de Cívica en un escrito que tuve algún tiempo atrás. Y desde aquí partiré: nunca estuve interesada en crear problemas, crear guerras. Si tuve problemas, yo misma me enredé en ellos. Por eso, concuerdo con la frase: no estoy interesada en crear problemas, porque cuanto más cree, estoy segura que más me vendrán en retorno. Tomando las palabras de Trotsky, no me interesa la guerra.
Ahora, ¿qué pasa cuando a las personas a tu alrededor sí les interesa y gusta la guerra? No solo vivirla, sino también crearla. Creo que me he acostumbrado a vivir en este tipo de guerra, donde parezco ser siempre la víctima o el primer objetivo. La guerra no me ha dejado más que cicatrices y fortalezas, injusticias y conocimientos. Pero la guerra no acabó aún: día a día convivo con ella.
No falta el día que la guerra me haga desplomarme llorarme, sentirme aterrada de aquello que algún día supe disfrutar; esta guerra me paraliza, me hace más débil, más torpe, y más insegura, por sobre todo. Aún así, agradezco a esta guerra por no haber ido tan lejos de hacerme agarrar las tijeras y sus filos, de herirme a mí misma.
Aunque repito, la guerra sigue y la piel ajena me roza aún con brutalidad, las palabras me siguen hiriendo, el rechazo hacia mí crece por parte del "bando enemigo", y sólo aquellas personas dispuestas a ayudarme, comprenden mi dolor y me dan fuerzas para seguir, o al menos para terminar el período de duración fijo de esta guerra. Por esta razón no rezo, simplemente espero, calma y soñadora, tengo presentimientos que lo que viene por delante de mí será mejor, al final de la guerra; tal como los personajes del libro. ¡Ay, los libros! Un gran factor, una causa de esta guerra... Tal como estudiamos en historia, las guerras también tienen sus justificaciones; para el bando opuesto, esta guerra surge porque yo no me quiero unir a ellos. Esto me lleva a pensar que la racionalidad está perdida: las diferencias se aceptan, tal como ese bando repite mecánicamente, pero a aquel distinto que se cruce ante sus ojos, a ese le declaran la guerra.
Y aquí es donde cito a Trotsky de vuelta, pero tomo sus palabras: a la guerra sí le intereso yo.
Pero hoy no voy a hablar del libro, sino del significado que yo misma le doy a esta frase de Trotsky. Primero, afortunadamente no he vivido ninguna guerra y espero nunca hacerlo; por lo que entiendo "guerra" como problemas, "como un todo complejo" dijera mi profesora de Cívica en un escrito que tuve algún tiempo atrás. Y desde aquí partiré: nunca estuve interesada en crear problemas, crear guerras. Si tuve problemas, yo misma me enredé en ellos. Por eso, concuerdo con la frase: no estoy interesada en crear problemas, porque cuanto más cree, estoy segura que más me vendrán en retorno. Tomando las palabras de Trotsky, no me interesa la guerra.
Ahora, ¿qué pasa cuando a las personas a tu alrededor sí les interesa y gusta la guerra? No solo vivirla, sino también crearla. Creo que me he acostumbrado a vivir en este tipo de guerra, donde parezco ser siempre la víctima o el primer objetivo. La guerra no me ha dejado más que cicatrices y fortalezas, injusticias y conocimientos. Pero la guerra no acabó aún: día a día convivo con ella.
No falta el día que la guerra me haga desplomarme llorarme, sentirme aterrada de aquello que algún día supe disfrutar; esta guerra me paraliza, me hace más débil, más torpe, y más insegura, por sobre todo. Aún así, agradezco a esta guerra por no haber ido tan lejos de hacerme agarrar las tijeras y sus filos, de herirme a mí misma.
Aunque repito, la guerra sigue y la piel ajena me roza aún con brutalidad, las palabras me siguen hiriendo, el rechazo hacia mí crece por parte del "bando enemigo", y sólo aquellas personas dispuestas a ayudarme, comprenden mi dolor y me dan fuerzas para seguir, o al menos para terminar el período de duración fijo de esta guerra. Por esta razón no rezo, simplemente espero, calma y soñadora, tengo presentimientos que lo que viene por delante de mí será mejor, al final de la guerra; tal como los personajes del libro. ¡Ay, los libros! Un gran factor, una causa de esta guerra... Tal como estudiamos en historia, las guerras también tienen sus justificaciones; para el bando opuesto, esta guerra surge porque yo no me quiero unir a ellos. Esto me lleva a pensar que la racionalidad está perdida: las diferencias se aceptan, tal como ese bando repite mecánicamente, pero a aquel distinto que se cruce ante sus ojos, a ese le declaran la guerra.
Y aquí es donde cito a Trotsky de vuelta, pero tomo sus palabras: a la guerra sí le intereso yo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)