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miércoles, 26 de agosto de 2015

La guerra

Hace poco tiempo atrás, leí un libro llamado "El violonchelista de Sarajevo", de Steven Galloway (muy recomendable, a propósito); el cual tenía como paratexto, la siguiente frase, enunciada por León Trotsky: "Es probable que no te interese la guerra, pero a la guerra sí le interesas tú". Justamente, esta historia trata sobre el sitio y la guerra sufrida por la ciudad de Sarajevo (y aclaro por enésima vez que la "j" se pronuncia como una "i), actual capital de Bosnia y Herzegovina, allá por los años '90, cuando se disolvía Yugoslavia.
Pero hoy no voy a hablar del libro, sino del significado que yo misma le doy a esta frase de Trotsky. Primero, afortunadamente no he vivido ninguna guerra y espero nunca hacerlo; por lo que entiendo "guerra" como problemas, "como un todo complejo" dijera mi profesora de Cívica en un escrito que tuve algún tiempo atrás. Y desde aquí partiré: nunca estuve interesada en crear problemas, crear guerras. Si tuve problemas, yo misma me enredé en ellos. Por eso, concuerdo con la frase: no estoy interesada en crear problemas, porque cuanto más cree, estoy segura que más me vendrán en retorno. Tomando las palabras de Trotsky, no me interesa la guerra.
Ahora, ¿qué pasa cuando a las personas a tu alrededor sí les interesa y gusta la guerra? No solo vivirla, sino también crearla. Creo que me he acostumbrado a vivir en este tipo de guerra, donde parezco ser siempre la víctima o el primer objetivo. La guerra no me ha dejado más que cicatrices y fortalezas, injusticias y conocimientos. Pero la guerra no acabó aún: día a día convivo con ella.
No falta el día que la guerra me haga desplomarme llorarme, sentirme aterrada de aquello que algún día supe disfrutar; esta guerra me paraliza, me hace más débil, más torpe, y más insegura, por sobre todo. Aún así, agradezco a esta guerra por no haber ido tan lejos de hacerme agarrar las tijeras y sus filos, de herirme a mí misma.
Aunque repito, la guerra sigue y la piel ajena me roza aún con brutalidad, las palabras me siguen hiriendo, el rechazo hacia mí crece por parte del "bando enemigo", y sólo aquellas personas dispuestas a ayudarme, comprenden mi dolor y me dan fuerzas para seguir, o al menos para terminar el período de duración fijo de esta guerra. Por esta razón no rezo, simplemente espero, calma y soñadora, tengo presentimientos que lo que viene por delante de mí será mejor, al final de la guerra; tal como los personajes del libro. ¡Ay, los libros! Un gran factor, una causa de esta guerra... Tal como estudiamos en historia, las guerras también tienen sus justificaciones; para el bando opuesto, esta guerra surge porque yo no me quiero unir a ellos. Esto me lleva a pensar que la racionalidad está perdida: las diferencias se aceptan, tal como ese bando repite mecánicamente, pero a aquel distinto que se cruce ante sus ojos, a ese le declaran la guerra.
Y aquí es donde cito a Trotsky de vuelta, pero tomo sus palabras: a la guerra sí le intereso yo.

jueves, 26 de febrero de 2015

Paraíso

Hay preguntas a las que lleva tiempo encontrarles una respuesta, como aquella que me hicieron un día en un salón lleno de gente conocida por afuera pero desconocida por adentro. Quizás aquel era el punto: conocernos los unos a los otros, saber nuestra manera de pensar; y finalmente hacernos a todos tener mentes homogéneas, ideas idénticas. Y yo, rebelde como una enredadera que sigue creciendo por más que la poden, me negaba a dejar que mis ideales fueran cambiados.

-¿Han encontrado su paraíso? Y si lo han hecho, ¿cómo es este?

Desde que la persona que leía las preguntas pronunció la última palabra de aquellas oraciones, mi mente se transportó al paraíso. A mi paraíso; ignorando a todas las demás respuestas que, ordenadamente, se iban contando. Yo estaba muy lejos de allí, al menos mi cabeza: me encontraba en paraíso, envuelta en el verdadero aroma que desprendían las flores en verano, al igual que el aire cálido, que no llegaba a ser sofocante. Mi visión era en tonos cálidos y sepia: amarillos, naranjas, marrones. Todo a mi alrededor era tan distinto y yo me sentía tan en casa.
Hacía tiempo que llamaba a aquel lugar "paraíso", y más aún ahora, que contaba con edad suficiente para entender todo a la perfección, así como vivir cada instante que podía. Lo que más me fascinaba de aquel lugar, eran las terrazas rodeadas de hortensias; seguido por las mesas que formaban parte del bar. Allí las mujeres sostenían elegantemente sus Martinis, mientras que los hombres bebían los fuertes whiskys escoceses. Yo, por mi parte, me consideraba muy joven aún para degustar cualquiera de ambas bebidas. Aunque un pequeño sorbo de vodka no le hacía mal a nadie, ¿no?
Aún era temprano cuando arribé al paraíso, así que no me molestaba en cambiarme mi bañador (o más precisamente, malla) azul marino, junto con el liviano vestido de lino que me cubría. La música ya empezaba a sonar. ¿Soul, jazz, pop barroco? ¿Qué era aquel sonido? No lo sé, pero si me invitaba a moverme lentamente, al igual que muchas de las personas que también se encontraban allí. ¿Quién decía que no existía la felicidad absoluta? Para mí si existía y estaba allí, apareciendo frente a mí.
Cuando uno la pasa bien, todo parece ir más rápido; y así de rápido había caído la noche. En aquel paraíso, tenía mi propia habitación, donde encontré ropa decente para usar en la elegante cena que habría en el restaurante. ¿Qué ordenar? ¿Debería darme un gusto? El caviar no había sido mala opción, después de todo. Después de la extravagante cena, la música apareció otra vez allí; y hasta la pequeña pista se trasladaron mis pies. Bailar sola no me definía como una típica "solterona" o una joven en busca de un hombre rico y mayor, porque yo sabía que no era así; mi rebelde personalidad no encajaba con ninguna de las anteriores etiquetas.
Si bien algunos muchachos de mi edad se habían acercado, y yo bailé con ellos; aquello no era lo que más me interesaba en aquel momento. Mi cabeza parecía envuelta en un sueño, un sueño en paraíso. Sabía que estaba soñando, pero aún así lo disfrutaba. Podía ir allí cuantas veces quisiera y sentirme igual. Yo sí conocía el paraíso, y no lo abandonaría por nada en el mundo. 

-Es tu turno- sentí a alguien moverme por los hombros para que hablara. Tragué saliva y pensé las palabras que diría.

-En verdad, yo sí conozco el paraíso; pero... - mi alma rebelde se estaba despertando. -No creo que lo entiendan desde mi punto de vista, no quiero que lo contaminen con sus normalidades. Que tengan buen día- me paré y abandoné el sombrío salón, para huir ahora sí, a mi paraíso.


"Paraíso" es algo que quería escribir desde hacía tiempo. Junté ideas y puse música adecuada para empezar a escribir sobre este tema que nunca dejará de ser una intriga para el Universo.