No importaba la época del año o como estaba el clima afuera, el hotel siempre tenía sus puertas abiertas, y sobre todo, siempre había cuartos ocupados.
Situado sobre una maltrecha ruta frecuentemente transitada, no estaba lejos del mar, aunque si en un punto perdido del mapa. Sus muros estaban bastante derruidos, las flores de los jardines crecían de forma despareja, y la infraestructura de las habitaciones era la misma de veinte años atrás.
Ella aún sigue sin recordar cuando fue la primera vez que lo visitó, tampoco se acuerda de cómo llegó hasta allí; pero sí sabe que nunca se olvidó de aquel lugar, y que volvió una y mil veces.
Al principio dudaba que aquel lugar fuese utilizado como prostíbulo por aquellas prostitutas que noche a noche hacían su trabajo sobre la carretera. Luego comprobó que no era así.
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Pasó un tiempo y comenzó a llamar al lugar el Hotel California, porque, tal como indicaba la canción, aquel lugar debía estar habitado por fantasmas. Pero luego corroboró que no era así, ya que los fantasmas no eran nítidos, y la gente del lugar sí lo era.
Muchas dudas fueron surgiendo en su cabeza, a medida que frecuentaba el hotel. Muchos eran los personajes que también lo hacían, y que había visto más de una vez.
Estaba un viejo hombre, que leía libros de páginas amarillentas, mientras esperaba quién sabe qué, sentado en una oxidada silla metálica. Más tarde se enteraría que aquel viejo, era un belga que por alguna extraña razón de la vida, había terminado en aquel paraje, y esperaba al menos a alguien que lo fuese a buscar. Un día apareció quien decía ser su mujer, y nunca más lo volvieron a ver por aquel lugar.
También estaba aquel hombre, de la habitación 42, que fumaba y llenaba los pasillos con olor a tabaco. Ahogaba en el cigarrillo, sus penas de una vida amorosa turbulenta, promesas que nunca fueron cumplidas, y olvidos que le costaron su soledad en un aislado punto.
Y por último estaba la señora de limpieza, que ocupaba una habitación de forma permanente; y era conocida por todo el pueblo. Marta. Su cabello era del color de la tinta que hubiese en el supermercado local. Sus rulos y su peinado en sí, los cuales parecían no haber progresado desde la década del ochenta; parecían ser lo único vivo en ella, quien amargamente limpiaba y aireaba las habitaciones, arreglaba lo que era necesario, y compraba lo que se precisaba.
Nuestra visitante conoció a cada uno de estos personajes que conformaban el tal moribundo hotel, cuando llegaba a este para pensar. Salir al pequeño fondo, sentarse en una mugrienta silla de plástico y mirar las estrellas a la noche, dormir largas siestas por la tarde, y caminar sin rumbo en las mañanas: todo eso hacía cuando llegaba, y lo había hecho más de una vez en su vida, sintiéndose perfecta consigo misma.
Un día, decidida a que aquel era el lugar donde le gustaría pasar el resto de sus días, bajó a la recepción, a preguntar si aquello era posible, y con una sonrisa, la encargada asintió.
—Otra más— murmuró, inquietando a nuestra protagonista.
—Otra más, ¿qué?
—Es el lugar que los atrae, ¿no es cierto? Les abre los ojos a muchas situaciones tan monótonas de la vida mundana en la ciudad. Las separa y les muestra la crudeza de una vida abrumada. No me diga que no es así, usted es otra que vino a este lugar y lo descubrió. Usted sabe el significado de una vida así. Bienvenida— y le fueron entregadas las llaves de su nueva vivienda.