No importaba la época del año o como estaba el clima afuera, el hotel siempre tenía sus puertas abiertas, y sobre todo, siempre había cuartos ocupados.
Situado sobre una maltrecha ruta frecuentemente transitada, no estaba lejos del mar, aunque si en un punto perdido del mapa. Sus muros estaban bastante derruidos, las flores de los jardines crecían de forma despareja, y la infraestructura de las habitaciones era la misma de veinte años atrás.
Ella aún sigue sin recordar cuando fue la primera vez que lo visitó, tampoco se acuerda de cómo llegó hasta allí; pero sí sabe que nunca se olvidó de aquel lugar, y que volvió una y mil veces.
Al principio dudaba que aquel lugar fuese utilizado como prostíbulo por aquellas prostitutas que noche a noche hacían su trabajo sobre la carretera. Luego comprobó que no era así.
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Pasó un tiempo y comenzó a llamar al lugar el Hotel California, porque, tal como indicaba la canción, aquel lugar debía estar habitado por fantasmas. Pero luego corroboró que no era así, ya que los fantasmas no eran nítidos, y la gente del lugar sí lo era.
Muchas dudas fueron surgiendo en su cabeza, a medida que frecuentaba el hotel. Muchos eran los personajes que también lo hacían, y que había visto más de una vez.
Estaba un viejo hombre, que leía libros de páginas amarillentas, mientras esperaba quién sabe qué, sentado en una oxidada silla metálica. Más tarde se enteraría que aquel viejo, era un belga que por alguna extraña razón de la vida, había terminado en aquel paraje, y esperaba al menos a alguien que lo fuese a buscar. Un día apareció quien decía ser su mujer, y nunca más lo volvieron a ver por aquel lugar.
También estaba aquel hombre, de la habitación 42, que fumaba y llenaba los pasillos con olor a tabaco. Ahogaba en el cigarrillo, sus penas de una vida amorosa turbulenta, promesas que nunca fueron cumplidas, y olvidos que le costaron su soledad en un aislado punto.
Y por último estaba la señora de limpieza, que ocupaba una habitación de forma permanente; y era conocida por todo el pueblo. Marta. Su cabello era del color de la tinta que hubiese en el supermercado local. Sus rulos y su peinado en sí, los cuales parecían no haber progresado desde la década del ochenta; parecían ser lo único vivo en ella, quien amargamente limpiaba y aireaba las habitaciones, arreglaba lo que era necesario, y compraba lo que se precisaba.
Nuestra visitante conoció a cada uno de estos personajes que conformaban el tal moribundo hotel, cuando llegaba a este para pensar. Salir al pequeño fondo, sentarse en una mugrienta silla de plástico y mirar las estrellas a la noche, dormir largas siestas por la tarde, y caminar sin rumbo en las mañanas: todo eso hacía cuando llegaba, y lo había hecho más de una vez en su vida, sintiéndose perfecta consigo misma.
Un día, decidida a que aquel era el lugar donde le gustaría pasar el resto de sus días, bajó a la recepción, a preguntar si aquello era posible, y con una sonrisa, la encargada asintió.
—Otra más— murmuró, inquietando a nuestra protagonista.
—Otra más, ¿qué?
—Es el lugar que los atrae, ¿no es cierto? Les abre los ojos a muchas situaciones tan monótonas de la vida mundana en la ciudad. Las separa y les muestra la crudeza de una vida abrumada. No me diga que no es así, usted es otra que vino a este lugar y lo descubrió. Usted sabe el significado de una vida así. Bienvenida— y le fueron entregadas las llaves de su nueva vivienda.
jueves, 7 de enero de 2016
viernes, 9 de octubre de 2015
Carta a alguien
Hace unos años atrás, me contaste acerca de mi futuro, tal vidente. Me enseñaste que mis talentos serían limitados, que tu destino sería mucho mejor que el mío. Yo te creía, porque todos lo hacían, y de alguna forma, debías tener razón. No en vano, todos te adoraban y te colocaban en lo más alto de un inexistente podio.
En aquellos tiempos, yo era inestable estando detrás tuyo, preguntándome por qué la vida me hacía tan miserable y no me colocaba un paso por delante de tí. Nunca obtuve respuestas a esos asuntos, o al menos cuando las busqué o me interesaron. Obviamente, cuando tu estabas en lo más alto, yo caía en las profundidades de la depresión, como una caída libre, la cual está cada vez más afectada por la gravedad, pero nunca termina de sucedes; es decir, nunca "toqué fondo".
Con el tiempo fui creciendo y mi cabeza fue madurando, igualmente me tomó muchos muchos años sentir tu influencia y tus ondas lejos de mí. ¿Seguiría siendo una "anti"? ¿Seguiría siendo odiada por los demás? Quizás aún sigo buscando, en algún recobeco de mi mente, una respuesta a esas preguntas. No es que espere encontrarlas, ni que les preste atención ahora.
Lo que nunca sentí, cuando tú me decías eso, fue que yo dejaría atrás esa etapa de mi vida. Que estaría en este mismo momento, navegando los mares con personas que realmente se preocupan por mí; con gente que no duerme, velando por mi bienestar (y no, no hablo de guardaespaldas), que encontraría placer haciendo algo que me dijiste yo le temería: viajar.
Por más loco que suene, salí adelante por mi misma, y todo lo que recibo hoy en día, es gracias a mi propio mérito, a como no me dejé llevar por todo aquello que predecías sobre mí. Hoy no quiero mirar atrás; tampoco hacia adelante: quiero vivir un presente que yo misma diseñé y disfruto. Quiero vivir una y otra vez, las mañanas en las que aún no ha amanecido, y yo ya estoy con una taza de leche en mis manos. Las noches en las que me permito hacer uno que otro esquive de lo normal. Y también quiero disfrutar el verme sonreír.
Porque en un momento tú me habías prohibido la sonrisa.
En aquellos tiempos, yo era inestable estando detrás tuyo, preguntándome por qué la vida me hacía tan miserable y no me colocaba un paso por delante de tí. Nunca obtuve respuestas a esos asuntos, o al menos cuando las busqué o me interesaron. Obviamente, cuando tu estabas en lo más alto, yo caía en las profundidades de la depresión, como una caída libre, la cual está cada vez más afectada por la gravedad, pero nunca termina de sucedes; es decir, nunca "toqué fondo".
Con el tiempo fui creciendo y mi cabeza fue madurando, igualmente me tomó muchos muchos años sentir tu influencia y tus ondas lejos de mí. ¿Seguiría siendo una "anti"? ¿Seguiría siendo odiada por los demás? Quizás aún sigo buscando, en algún recobeco de mi mente, una respuesta a esas preguntas. No es que espere encontrarlas, ni que les preste atención ahora.
Lo que nunca sentí, cuando tú me decías eso, fue que yo dejaría atrás esa etapa de mi vida. Que estaría en este mismo momento, navegando los mares con personas que realmente se preocupan por mí; con gente que no duerme, velando por mi bienestar (y no, no hablo de guardaespaldas), que encontraría placer haciendo algo que me dijiste yo le temería: viajar.
Por más loco que suene, salí adelante por mi misma, y todo lo que recibo hoy en día, es gracias a mi propio mérito, a como no me dejé llevar por todo aquello que predecías sobre mí. Hoy no quiero mirar atrás; tampoco hacia adelante: quiero vivir un presente que yo misma diseñé y disfruto. Quiero vivir una y otra vez, las mañanas en las que aún no ha amanecido, y yo ya estoy con una taza de leche en mis manos. Las noches en las que me permito hacer uno que otro esquive de lo normal. Y también quiero disfrutar el verme sonreír.
Porque en un momento tú me habías prohibido la sonrisa.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
¿Simetría?
Apuntes, simplemente apuntes.
"Si tuviera que definir como es mi estilo de vida en una palabra, diría que es asimétrica. Asimétrica porque es imposible encontrar un año que sea igual a otro; asimétrico porque siempre que intento tomar un rumbo, pronto me desvío de ese camino.
Y sin embargo, tengo tendencia a decir que las cosas simétricas son perfectas, y son aquellas cosas tangibles. ¿Existen almas simétricas? De eso no tengo idea, nunca me he cruzado con una.
Tampoco es que intente llegar a esa pura perfección simétrica de la que hablo. Aunque mi vida se ha simetrizado en algunos aspectos: sé reconocer aromas simétricos, melodías simétricas, paisajes simétricos, textos simétricos.
Y si por consiguiente digo que simetría es sinónimo de perfección, entonces déjenme decir que he perfeccionado un poco mi vida asimétrica.".
"Si tuviera que definir como es mi estilo de vida en una palabra, diría que es asimétrica. Asimétrica porque es imposible encontrar un año que sea igual a otro; asimétrico porque siempre que intento tomar un rumbo, pronto me desvío de ese camino.
Y sin embargo, tengo tendencia a decir que las cosas simétricas son perfectas, y son aquellas cosas tangibles. ¿Existen almas simétricas? De eso no tengo idea, nunca me he cruzado con una.
Tampoco es que intente llegar a esa pura perfección simétrica de la que hablo. Aunque mi vida se ha simetrizado en algunos aspectos: sé reconocer aromas simétricos, melodías simétricas, paisajes simétricos, textos simétricos.
Y si por consiguiente digo que simetría es sinónimo de perfección, entonces déjenme decir que he perfeccionado un poco mi vida asimétrica.".
miércoles, 26 de agosto de 2015
La guerra
Hace poco tiempo atrás, leí un libro llamado "El violonchelista de Sarajevo", de Steven Galloway (muy recomendable, a propósito); el cual tenía como paratexto, la siguiente frase, enunciada por León Trotsky: "Es probable que no te interese la guerra, pero a la guerra sí le interesas tú". Justamente, esta historia trata sobre el sitio y la guerra sufrida por la ciudad de Sarajevo (y aclaro por enésima vez que la "j" se pronuncia como una "i), actual capital de Bosnia y Herzegovina, allá por los años '90, cuando se disolvía Yugoslavia.
Pero hoy no voy a hablar del libro, sino del significado que yo misma le doy a esta frase de Trotsky. Primero, afortunadamente no he vivido ninguna guerra y espero nunca hacerlo; por lo que entiendo "guerra" como problemas, "como un todo complejo" dijera mi profesora de Cívica en un escrito que tuve algún tiempo atrás. Y desde aquí partiré: nunca estuve interesada en crear problemas, crear guerras. Si tuve problemas, yo misma me enredé en ellos. Por eso, concuerdo con la frase: no estoy interesada en crear problemas, porque cuanto más cree, estoy segura que más me vendrán en retorno. Tomando las palabras de Trotsky, no me interesa la guerra.
Ahora, ¿qué pasa cuando a las personas a tu alrededor sí les interesa y gusta la guerra? No solo vivirla, sino también crearla. Creo que me he acostumbrado a vivir en este tipo de guerra, donde parezco ser siempre la víctima o el primer objetivo. La guerra no me ha dejado más que cicatrices y fortalezas, injusticias y conocimientos. Pero la guerra no acabó aún: día a día convivo con ella.
No falta el día que la guerra me haga desplomarme llorarme, sentirme aterrada de aquello que algún día supe disfrutar; esta guerra me paraliza, me hace más débil, más torpe, y más insegura, por sobre todo. Aún así, agradezco a esta guerra por no haber ido tan lejos de hacerme agarrar las tijeras y sus filos, de herirme a mí misma.
Aunque repito, la guerra sigue y la piel ajena me roza aún con brutalidad, las palabras me siguen hiriendo, el rechazo hacia mí crece por parte del "bando enemigo", y sólo aquellas personas dispuestas a ayudarme, comprenden mi dolor y me dan fuerzas para seguir, o al menos para terminar el período de duración fijo de esta guerra. Por esta razón no rezo, simplemente espero, calma y soñadora, tengo presentimientos que lo que viene por delante de mí será mejor, al final de la guerra; tal como los personajes del libro. ¡Ay, los libros! Un gran factor, una causa de esta guerra... Tal como estudiamos en historia, las guerras también tienen sus justificaciones; para el bando opuesto, esta guerra surge porque yo no me quiero unir a ellos. Esto me lleva a pensar que la racionalidad está perdida: las diferencias se aceptan, tal como ese bando repite mecánicamente, pero a aquel distinto que se cruce ante sus ojos, a ese le declaran la guerra.
Y aquí es donde cito a Trotsky de vuelta, pero tomo sus palabras: a la guerra sí le intereso yo.
Pero hoy no voy a hablar del libro, sino del significado que yo misma le doy a esta frase de Trotsky. Primero, afortunadamente no he vivido ninguna guerra y espero nunca hacerlo; por lo que entiendo "guerra" como problemas, "como un todo complejo" dijera mi profesora de Cívica en un escrito que tuve algún tiempo atrás. Y desde aquí partiré: nunca estuve interesada en crear problemas, crear guerras. Si tuve problemas, yo misma me enredé en ellos. Por eso, concuerdo con la frase: no estoy interesada en crear problemas, porque cuanto más cree, estoy segura que más me vendrán en retorno. Tomando las palabras de Trotsky, no me interesa la guerra.
Ahora, ¿qué pasa cuando a las personas a tu alrededor sí les interesa y gusta la guerra? No solo vivirla, sino también crearla. Creo que me he acostumbrado a vivir en este tipo de guerra, donde parezco ser siempre la víctima o el primer objetivo. La guerra no me ha dejado más que cicatrices y fortalezas, injusticias y conocimientos. Pero la guerra no acabó aún: día a día convivo con ella.
No falta el día que la guerra me haga desplomarme llorarme, sentirme aterrada de aquello que algún día supe disfrutar; esta guerra me paraliza, me hace más débil, más torpe, y más insegura, por sobre todo. Aún así, agradezco a esta guerra por no haber ido tan lejos de hacerme agarrar las tijeras y sus filos, de herirme a mí misma.
Aunque repito, la guerra sigue y la piel ajena me roza aún con brutalidad, las palabras me siguen hiriendo, el rechazo hacia mí crece por parte del "bando enemigo", y sólo aquellas personas dispuestas a ayudarme, comprenden mi dolor y me dan fuerzas para seguir, o al menos para terminar el período de duración fijo de esta guerra. Por esta razón no rezo, simplemente espero, calma y soñadora, tengo presentimientos que lo que viene por delante de mí será mejor, al final de la guerra; tal como los personajes del libro. ¡Ay, los libros! Un gran factor, una causa de esta guerra... Tal como estudiamos en historia, las guerras también tienen sus justificaciones; para el bando opuesto, esta guerra surge porque yo no me quiero unir a ellos. Esto me lleva a pensar que la racionalidad está perdida: las diferencias se aceptan, tal como ese bando repite mecánicamente, pero a aquel distinto que se cruce ante sus ojos, a ese le declaran la guerra.
Y aquí es donde cito a Trotsky de vuelta, pero tomo sus palabras: a la guerra sí le intereso yo.
jueves, 20 de agosto de 2015
El arte de recordar, el arte de viajar
Quise titular este post "putovanje", "viajar" en croata, pero sonaba muy mal, en especial la primer parte de la palabra. Luego "voyage", y "viajar" en muchos más idiomas, pasando por el noruego, el vasco, y el malayo. Finalmente llegué a la conclusión de que el arte de recordar y el arte de viajar son lo que más representa lo que publicaré a continuación: las mejores fotos de viajes (cortos y largos) que he hecho.
El sol se pone sobre el Río de la Plata; empieza la tardecita
en Colonia del Sacramento.
Esto es solamente un trocito de Londres, hay que
descubrir el resto.
Me gustan los autos viejos,
por suerte en La Floresta hay muchos.
Uno se siente en el paraíso, y no es para menos,
transitando una ruta panorámica en Lavalleja.
Notting Hill es real.
Mi Las Vegas NO es tu Las Vegas,
por eso me gusta.
Dicen que cada atardecer es único,
como por ejemplo este en Punta del Este.
Me gustan las formas geométricas en armonía,
como me pasó una vez en José Ignacio.
Detalles que mi ojo (cámara) captó en Versalles.
sábado, 25 de julio de 2015
Cambiar de vez en cuando
¿Quién dice que cambiar por decisión propia está mal? En los últimos años he cambiado mucho mi personalidad, mis gustos, mi estilo, y muchas cosas más; de esos cambios profundos y no tan profundos que experimenté, pocos recuerdo que hayan sido por decisión propia y por placer. Cambiaba porque quería ser como los demás, porque quería ser aceptada, porque tenía miedo de ser diferente, de ser igual, del ser clasificada como algo no muy agradable para el resto de las personas, y muchas razones más. Y últimamente decidí cambiar para encontrar lo que verdaderamente amo: el ser yo misma y recorrer caminos desconocidos.
Viajar.
Creo que esta obsesión de viajar continuamente, comenzó a mediados del año pasado, cuando fui de vacaciones con mi familia a Colonia del Sacramento (nota completa aquí). A partir de allí, experimenté una serie de cambios que me llevaron a hacer una lista de destinos que quiero conocer, el querer salir todo el tiempo, y el agobiarme de mi ciudad. El viaje a Londres y París me cambió mucho mi mentalidad, lo mismo el tener amigas de otros países, regiones, o culturas. Ahora disfruto con tan solo salir de mi ciudad, poder respirar otro aire, escuchar música que me inspira en esos lugares, escribir también acerca de esos destinos, y tomar cuantas más fotografías pueda.
Viajar.
Creo que esta obsesión de viajar continuamente, comenzó a mediados del año pasado, cuando fui de vacaciones con mi familia a Colonia del Sacramento (nota completa aquí). A partir de allí, experimenté una serie de cambios que me llevaron a hacer una lista de destinos que quiero conocer, el querer salir todo el tiempo, y el agobiarme de mi ciudad. El viaje a Londres y París me cambió mucho mi mentalidad, lo mismo el tener amigas de otros países, regiones, o culturas. Ahora disfruto con tan solo salir de mi ciudad, poder respirar otro aire, escuchar música que me inspira en esos lugares, escribir también acerca de esos destinos, y tomar cuantas más fotografías pueda.
"Summertime Vibes", Parque del Plata, Junio 2015.
Música.
Cambiar a veces supone cambiar gustos, y esta vez, en la materia de música, opté por la música indie. Spotify me fue de gran ayuda, pude conocer muchas bandas y cantantes, que hoy en día escuchó todo el tiempo, así como esta plataforma me ayuda a conocer más y más.
Ya he comentado y recomendado aquí, a algunos artistas, y me gustaría seguir haciéndolo, pero corro el riesgo de transformar esto en un blog de música, y no de interés general, como supongo que es.
A continuación, les dejo una playlist que creé especialmente para el blog. Link
Estilo.
Cuando regresé de mi viaje a Europa y fui por primera vez a un shopping de aquí, ya que debía cambiar unas prendas, me sentí terriblemente mal. ¿La razón? En Europa (o por lo menos en Inglaterra y Francia), los talles eran para cuerpos normales, para personas "normales", y no el hecho que se da aquí que puede definirse como "la ropa linda y exclusiva para flacos/as, y el resto que tenga lo que puede por su talle". Sí, así podrá funcionar el mercado, pero no el autoestima de muchos adolescentes, como yo. Aquí, yo soy talle L, e incluso a veces XL; cuando en Europa era cómodamente un M ¡y una vez fui S! Incluso ropa de diseñador me entraba.
Queridas tiendas tan frecuentadas por adolescentes uruguayas (Daniel Cassin, Piece of Cake, Forever 21, N+, etc.), ¿no deberían abrir de una vez los ojos y cambiar?
domingo, 19 de julio de 2015
Rareza
Hace un tiempo atrás, una adolescente llena de preguntas sin responder en su cabeza y un montón de conocimientos para ofrecer, llegó a un consultorio psiquiátrico. La habían derivado allí, porque a todos los médicos le parecía una chica muy extraña: se expresaba raramente, sabía cosas intentendibles para gente de su edad, y tenía una enorme inseguridad encima.
Abrió la puerta del consultorio, que se ubicaba dentro de un hospital que parecía llevar años sin ningún cuidado desde el punto arquitectónico; o al menos, eso fue lo que pensó ella. Los azulejos, que un día podrían haber sido, verde agua, ahora eran apenas verdes, dado que la luz que irradiaba aquel lugar, aún de una forma fría y húmeda, los había decolorado. Los muebles eran viejos y hacían ruido al abrirse, las computadoras (que parecían de los años '90 o principios de los '00) eran el único lujo que allí había. "Me gusta", pensó la chica. "Tan derruido como piensan que yo estoy".
La psicóloga la esperaba de otro lado: nada fuera de lo normal. Era una mujer de esas que parecen extremadamente hippies, pero que al final se terminan viendo en la ópera, o en festivales de jazz, o en cualquier evento cultural, que deja afuera a esta tribu urbana sesentera.
-Entrá- le dijo, viendo como la adolescente dudaba si avanzar o no. -Sentate- le indicó, y la chica hizo caso. Sin decir palabra alguna, la doctora abrió la historia de su paciente y leyó el por qué esta chica estaba ahí aquel día.
-Bueno, según estos médicos hablás con términos extraños, te cuesta socializar, entendes sobre asuntos "variados", y sobre todas las cosas, sos muy insegura. Ahora contame, ¿cómo te considerás en el mundo, frente a las personas que te rodean, o simplemente contigo misma?
-Rara- dijo ella, moviendo los hombros, como si le restara importancia. Quizás si actuaba como un adolescente normal, la dejaría ir sin recetarle o encontrarle nada extraño.
-No, no, no. Ya sé que te sentís rara, pero... Describime como en verdad te ves.
-Está bien- tomó una bocanada de aire: ahora sí que sería vista como una rara. -Mis compañeros van a bailar, les gusta la música que se escucha ahora: cumbia, plena; todas esas cosas. A mí me acusan que escucho a Beethoven, soy el hazmerreír por esa razón. ¿La verdad? No, no escucho a Beethoven, pero tampoco me molestaría. Escucho música indie, música que me ayuda a crear una identidad. Luego sigo siendo rara, porque claro, mi sueño es irme a vivir a Bielorrusia, Kaliningrado, Belgrado; mientras que para todo el mundo, el paraíso es Miami, Disney. Y, por favor, no pienses que soy pro-soviética, porque no, ni siquiera había nacido cuando culminó la Guerra Fría. ¿Continúo? Me gustan las películas artísticas y los libros de misterios, que se desarrollan a los largo de este mundo y de los tiempos. Adoro las corrientes arquitectónicas, pero odio lo barroco.
La doctora la miró, como si estuviera pensando en algo que le traía mucha nostalgia, y finalmente sonrió.
-¿Sabés? Yo era exactamente igual que tú: mi sueño era ir al Louvre, a Versalles: me pasaba horas leyendo libros de historia. Después estaba mi forma de vestir: usaba camperones de jean, el pelo despeinado, me quería hacer la intelectual fumadora (aunque repudiara los cigarrillos), y a la vez, decía que quería ser como Audrey Hepburn. Todos se reían de mí y me la hacían pasar muy, muy mal. Mi solución fue hacerme psicóloga, y así averiguar por qué se comportaban así. Terminé amando mi trabajo y siendo una mujer muy feliz.
La chica sonrió, su alma se llenó de alegría, y escuchó atenta la siguiente pregunta de la doctora:
-¿Cuál es tu frase motivacional?
-Cada mente es un circo.
-¿Tú la inventaste?
-Ajá; así es.
-¿Qué te tatuarías?
-Un pino o un barquito en mi muñeca izquierda, un proverbio polaco que leí hace un tiempo en mi ante-brazo, y esa frase que te dije recién en algún lugar de mi cuerpo, que todavía no sé.
Se hizo un silencio que poco tenía de silencio incómodo, la paciente y la doctora intercambiaron miradas, y finalmente, la psicóloga habló.
-Bueno, nos vemos la próxima vez: en tres semanas. Antes de irte, me gustaría decirte que debés seguir forjando esa personalidad tan única que tenés, tan rica. Y cuando vuelvas, vamos a seguir hablando, en especial de por qué no te gusta el arte barroco.
A continuación, la doctora la acompañó a la puerta del consultorio, y antes de llamar a otro paciente, le guiñó un ojo, en esas cómplices guiñadas que todo lo entienden.
¿Era de verdad tan rara aquella adolescente?
Abrió la puerta del consultorio, que se ubicaba dentro de un hospital que parecía llevar años sin ningún cuidado desde el punto arquitectónico; o al menos, eso fue lo que pensó ella. Los azulejos, que un día podrían haber sido, verde agua, ahora eran apenas verdes, dado que la luz que irradiaba aquel lugar, aún de una forma fría y húmeda, los había decolorado. Los muebles eran viejos y hacían ruido al abrirse, las computadoras (que parecían de los años '90 o principios de los '00) eran el único lujo que allí había. "Me gusta", pensó la chica. "Tan derruido como piensan que yo estoy".
La psicóloga la esperaba de otro lado: nada fuera de lo normal. Era una mujer de esas que parecen extremadamente hippies, pero que al final se terminan viendo en la ópera, o en festivales de jazz, o en cualquier evento cultural, que deja afuera a esta tribu urbana sesentera.
-Entrá- le dijo, viendo como la adolescente dudaba si avanzar o no. -Sentate- le indicó, y la chica hizo caso. Sin decir palabra alguna, la doctora abrió la historia de su paciente y leyó el por qué esta chica estaba ahí aquel día.
-Bueno, según estos médicos hablás con términos extraños, te cuesta socializar, entendes sobre asuntos "variados", y sobre todas las cosas, sos muy insegura. Ahora contame, ¿cómo te considerás en el mundo, frente a las personas que te rodean, o simplemente contigo misma?
-Rara- dijo ella, moviendo los hombros, como si le restara importancia. Quizás si actuaba como un adolescente normal, la dejaría ir sin recetarle o encontrarle nada extraño.
-No, no, no. Ya sé que te sentís rara, pero... Describime como en verdad te ves.
-Está bien- tomó una bocanada de aire: ahora sí que sería vista como una rara. -Mis compañeros van a bailar, les gusta la música que se escucha ahora: cumbia, plena; todas esas cosas. A mí me acusan que escucho a Beethoven, soy el hazmerreír por esa razón. ¿La verdad? No, no escucho a Beethoven, pero tampoco me molestaría. Escucho música indie, música que me ayuda a crear una identidad. Luego sigo siendo rara, porque claro, mi sueño es irme a vivir a Bielorrusia, Kaliningrado, Belgrado; mientras que para todo el mundo, el paraíso es Miami, Disney. Y, por favor, no pienses que soy pro-soviética, porque no, ni siquiera había nacido cuando culminó la Guerra Fría. ¿Continúo? Me gustan las películas artísticas y los libros de misterios, que se desarrollan a los largo de este mundo y de los tiempos. Adoro las corrientes arquitectónicas, pero odio lo barroco.
La doctora la miró, como si estuviera pensando en algo que le traía mucha nostalgia, y finalmente sonrió.
-¿Sabés? Yo era exactamente igual que tú: mi sueño era ir al Louvre, a Versalles: me pasaba horas leyendo libros de historia. Después estaba mi forma de vestir: usaba camperones de jean, el pelo despeinado, me quería hacer la intelectual fumadora (aunque repudiara los cigarrillos), y a la vez, decía que quería ser como Audrey Hepburn. Todos se reían de mí y me la hacían pasar muy, muy mal. Mi solución fue hacerme psicóloga, y así averiguar por qué se comportaban así. Terminé amando mi trabajo y siendo una mujer muy feliz.
La chica sonrió, su alma se llenó de alegría, y escuchó atenta la siguiente pregunta de la doctora:
-¿Cuál es tu frase motivacional?
-Cada mente es un circo.
-¿Tú la inventaste?
-Ajá; así es.
-¿Qué te tatuarías?
-Un pino o un barquito en mi muñeca izquierda, un proverbio polaco que leí hace un tiempo en mi ante-brazo, y esa frase que te dije recién en algún lugar de mi cuerpo, que todavía no sé.
Se hizo un silencio que poco tenía de silencio incómodo, la paciente y la doctora intercambiaron miradas, y finalmente, la psicóloga habló.
-Bueno, nos vemos la próxima vez: en tres semanas. Antes de irte, me gustaría decirte que debés seguir forjando esa personalidad tan única que tenés, tan rica. Y cuando vuelvas, vamos a seguir hablando, en especial de por qué no te gusta el arte barroco.
A continuación, la doctora la acompañó a la puerta del consultorio, y antes de llamar a otro paciente, le guiñó un ojo, en esas cómplices guiñadas que todo lo entienden.
¿Era de verdad tan rara aquella adolescente?
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